Un pequeño relato.

PARTE 1 DE ??


Recuerdo haber visto nuevas marcas en la Luna aquella noche. Siempre pensé que podrían haber sido las nubes oscureciendo su superficie, y no tardé en perder el hilo de lo que fuera que estuviera tejiendo en el fondo de mi mente para empezar a elaborar en esa idea. Una cosa estaba clara, lo que sea que fueran esas marcas es un buen material para jugar con las estrellas. Perderse en el firmamento, sin un solo punto que no fuera importante o único, hacerlo desde la tierra o desde más allá: Nunca se hacía aburrido. Cientos de lineas abiertas, conexiones entre otros puntos del universo, muchas veces con nosotros mismos, otras con momentos en la historia. A veces son solo puntos y luces. 

Y creando formas e historias, sobre cuidadores de campos de asteroides que encuentran tesoros, o de antiguos mercenarios y protectores del exterior, pasaron los minutos y las horas, hasta que los patrones rojos aparecieron. Mis ojos se abrieron como platos mientras me incorporaba rápidamente, recogiendo mi petate y empezando a correr. Descendí como pude por los escalones de piedra naturales que me habían llegado a lo largo de los años a la cima del cúmulo de Caclero, siempre con las mejores vistas de la grieta, y sobresaliendo por encima del bosque al que ahora me dirigía frenéticamente. Los años de experiencia se sobrepusieron con rapidez a la oscuridad teñida de un ligero tono rubí y al miedo que agarrotaba mis miembros y mis pulmones. Podría haber jurado que no era tan tarde, aunque todo sea dicho, los barridos eran cada vez más frecuentes y no sería de extrañar que hubieran adelantado la hora... o tal vez me distraje. 

Cualquiera que fuera el caso ahora, era poco importante, ya que aun me quedaban algunos minutos antes de llegar a la cantina y el camino que solía frecuentar no sería lo suficientemente rápido, no siendo cuesta arriba y sin la energía de la que disponía esta mañana cuando decidí evadirme: Habría que coger el atajo. Con mis músculos algo magullados sería difícil, y- Auch! Un mal paso me hace perder el equilibrio y estamparme contra un tronco, pero no me puedo permitir ni un segundo, y me lanzo de nuevo al final de la depresión para comenzar el escarpado ascenso. En circunstancias diferentes, hubiera estado aterrorizada. Si, es cierto, una sensación de urgencia latía en mi pecho, una urgencia incesante atada a mi instinto de supervivencia, pero en el día de hoy poco se alzaba entre mi carrera, y el desvanecerme. Ni siquiera estaba segura de a quien estaba regresando. Pero casi sin darme cuenta, me hallaba controlando la velocidad en una cuesta que se desprendía ligeramente a mi paso, lo justo para hacerla peligrosa. Y es ante ese peligro que reforcé mi nervios, y tensa como siempre, o como nunca, me lancé para coger impulso y saltar. 

Veréis, esa cuesta termina en un acantilado. No son más de 300 metros de caída, que se dice pronto, pero tiene algo que hace que merezca la pena acelerar hacia tu potencial muerte, y es recortar una curva que sigue en su suave descenso por el lateral de la cordillera donde se estableció el bosque hará unos 629 años. Por desgracia, las maravillosas vistas que se pueden apreciar sobrepasando el mar de ozono tendrán que esperar a otro día, con menos peligro de muerte inminente. Hasta las nubes están agitadas. En el aire, todos estos pensamientos pasaron relampagueando por mi mente, ocupando la otra mitad de mi mente, la que no estaba repitiendo rápidamente que no quería morir. 

Y entonces aterrizo, dando volteretas y estampando mi dolorido cuerpo en la ladera, y cubierta de musgo, savia y polvo azulado y negruzco. Respiro con dificultad y me levanto. Al menos no tendré que correr el resto del camino: Sería inconveniente. Apoyándome en la pared natural y agarrándome el costado y parte de la espalda por turnos, avancé hacía la entrada de la Cantina con alguna que otra mirada por encima del hombro a la luz rojiza cubriendo el aire, poco a poco enlazando el resto de la superficie del planeta. A estas alturas de su carga, el 70% se hallaría ya bajo el el deslumbrante haz, y al acercarme a mi puerta destino, me alegré de no haberme unido a ese porcentaje. 

Y con esa idea en mente, y con ruidos familiares de conversaciones enterradas en metal, procedí al interior.

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